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martes, 3 de noviembre de 2009

Yayo y su Maracaibo Viejo ( 4/11/2009 - Publicacion Nº 6 )



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Leyendas sobre muertos y aparecidos


Los “muertos, aparecidos, fantasmas y espantos”, eran muy conocidos en el Maracaibo de Ayer, las carreteras que iban a los suburbios como el Milagro, los Haticos, Bellavista, estaban mal alumbradas y escasamente pobladas, estas cualidades las hacían propicias para que se crearan leyendas sobre la existencia de hechos sobrenaturales, basadas mas que todo en supersticiones que en la propia realidad, por ejemplo: La gente se persignaba al salir de sus casas por las noches, también lo hacían cuando pasaban frente a una iglesia o cementerio, pero también lo hacían cuando se les atravesaba un gato negro u oían el canto del pájaro hueco por las noches, todas estas cosas eran producto de creencias supersticiosas.





En el Milagro había varias leyendas sobre estas apariciones, tanto así que los choferes de los carritos por puesto, muy pocos trabajaban por las noches, decían que había una persona, a veces hombre, a veces mujer, que detenía el carro, se metía en él pero que después no se bajaba porque había desaparecido del interior del carro. Era tan fuerte y arraigada esta superstición que dio origen a muchas anécdotas, les voy a contar una, que es una experiencia muy cercana, porque le ocurrió a un primo mío:

Ruperto, mi primo, iba a visitar todas las tardes, después de salir del trabajo, a su novia que vivía en el Milagro casi llegando al callejón Santa Alicia, en un hato llamado Palermo, que hoy día todavía existe, ahora en la Ave. El Milagro esquina con Ave 5 de Julio, y como era su costumbre terminaba su visita alrededor de las 10 p.m. , salía entonces a esperar carrito para ir al centro, la noche del evento, hizo lo mismo, abordó el carrito hacia el centro, iba solo como pasajero en el asiento de atrás, habiendo pasado el cuartel que luego fue cuartel de la Guardia Nacional, acercándose al club Alianza, logar bastante oscuro, a Ruperto le vino a la memoria un chiste que en la tarde le habían contado en la oficina donde trabajaba, y se rió entre dientes pero fuerte Je, je, je, je, acto seguido el chofer frena bruscamente el carro, se baja y sale corriendo hasta el club Alianza y entra en él, mi primo se quedó en el carro que continuaba encendido y espero que regresara el chofer, pero viendo que habían pasado mas de 5 minutos y no regresaba, decidió bajarse del vehículo y caminar hasta el club, así lo hizo, consiguió allí al chofer sentado al lado del vigilante del club.

Ruperto le dice al chofer:

¡Que pasó, me dejaste solo con el carro prendido, creí que te pasaba algo o que te había dado un apuro fisiológico y que te habías bajado del carro para prestar el sanitario en el club.

A lo que el chofer contestó.

-¡Que vaina me habeis hechao¡, mirá vos que siento una risita, je, je, je, je, pasando por frente del club y lo único que pensé fue: ¡ Traigo el muerto en el carro¡, frené y corrí para acá. ¡Mirá que todavía no se me quita el susto¡.

El chofer y mi primo Ruperto fueron hasta el carro y continuaron el viaje hacia el centro comentando lo que les había sucedido.

Otro relato del que puedo dar fe es el siguiente:

En la vieja carretera del Milagro, después de pasar el callejón Santa Alicia, hoy Ave. 5 de Julio, como cien metros mas adelante, se encontraba el aserradero Tampico a orillas del lago, al frente de él estaban los cerros característicos de esta zona compuestos de barro y franjas de piedra de ojos, con pequeñas oquedades entre las franjas, sucedía que la gente que quería ir hacia Cotorrera o la que quería venir de Cotorrera para el centro, tenían que pasar por allí entre Tampico y el cerro, la gente generalmente lo hacía en grupos porque en la noche además de oscuro y solitario, las almas en pena, citaban llamando a los que pasaban.





Psi, Psi, Psiiiiiiii.

Psi, Psi, Psiiiiiiii.

Se oía claramente, entonces la gente se agolpaba y seguía caminando más aprisa toda llena de miedo, habiendo salido de ese sector, les volvía el alma al cuerpo.

Era verdad que se oían los citidos, yo los oí cuando era niño y no por miedo, sino por que los oí con mis propios oídos (valga la redundancia), esos citidos eran simplemente el cantar de las lechuzas por las noches, ellas son aves nocturnas
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