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viernes, 20 de noviembre de 2015

El Servidor que la China trajo de vuelta: José Navas




—¡Se me va, se me va…! —escucha José Nava Sánchez en la bruma de su inconsciencia, mientras yace en una sala de cuidados intensivos, con tubos que entran y salen por varias partes del cuerpo. El sedante no le deja abrir los ojos ni mover un solo músculo, pero no ha sido lo suficientemente fuerte para apagar por completo los sonidos amortiguados que se filtran a través de sus sentidos adormecidos— ¡Rápido, rápido, pásame más algodón! —se vuelve a colar en su inconsciente la misma voz masculina que grita con urgencia. Pero, ¿por qué escucha solo a los médicos?, se pregunta. Él no quiere saber que está muriendo. Él no quiere irse todavía. Tiene solo 17 años. ¿Dónde estará su mamá? Prefiere escucharla a ella diciéndole que todo va estar bien. Que no se va todavía.

Pero su mamá, Russeth Sánchez, está sentada frente a la puerta de la sala con un rosario en la mano, aferrándose al avemaría que repite incansablemente para tratar de no creer en las pesimistas noticias que acaba de recibir: a su hijo le diagnosticaron una septicemia producto de un derrame pleural, consecuencia de la neumonía.

72 horas le dan los médicos: 4.320 minutos, que con lo largo que parecen bien pueden ser días. 72 horas donde, con un rosario en la mano y una estampita de la Virgen en la cartera, no puede otra cosa más que rezar. Y esperar.



Veinticuatro horas antes, José sudaba frío y sentía que estaba a punto de desmayarse mientras visitaba a su convaleciente abuela materna en el Hospital Coromoto. En la sala de emergencias de ese mismo centro, la doctora de guardia confirmó, después de revisar todos los síntomas, incluyendo los pequeños puntos rojos que manchaban su piel, que el joven de 17 años era uno de los cientos afectados por el virus de la chikungunya en la región. Alarmada, al comprobar que su conteo de glóbulos blancos llegaba a 44, lo remitió de inmediato a cuidados intensivos.

José llegó al Hospital Chiquinquirá casi a las 5 de la tarde el 10 de diciembre de 2014. Cinco horas después de haber sido remitido de urgencia, pues no conseguía cupo en ningún hospital hasta que el padre Eleuterio Cuevas, párroco de la Basílica, intercedió a su favor.

—Él casi no me llega ni a la emergencia —cuenta casi un año después su mamá, desde la sala de su casa, junto a un arbolito con adornos rojos y dorados. Este año la navidad llegó temprano a este hogar donde hace 11 meses no había nada que celebrar—. El mismo día que ingresó a la UCI, el doctor me dijo que tenía que prepararme como madre porque no había nada que hacer. Ahí fue cuando yo me aferré a La Chinita.

En la UCI, una réplica de la Virgen de Chiquinquirá descansa al lado de su cama. En los breves destellos de lucidez, José, con los ojos aún cerrados y un tubo que atraviesa su garganta, le ruega, con la desesperación de un niño temeroso, a esa tabla que tantas veces cargó que lo libre de aquello que parecía tan lejano hace unos días: la muerte.

—Virgencita, dame otra oportunidad de estar con mi familia y te prometo que te cumpliré cada día de mi vida —pensaba.

En la sala de espera, una pequeña multitud apagada aguarda noticias de José. Lo único que irrumpe en el silencio son las oraciones que se pronuncian en un susurro amortiguado por la angustia, que abraza la garganta de una madre que no sabe qué pensar ya. Que no sabe a quién creerle. Que ante la incertidumbre, guarda en secreto en su teléfono una foto de su hijo yaciendo en la cama de cuidados intensivos porque quizás esa sea la última que tenga de él.

Mientras tanto, al padre Eleuterio preparará todo ante lo que parece inminente. El párroco, con toda la entereza que su posición le exige, mandó a limpiar el salón parroquial donde velarán a José si el destino (o Dios) así lo dispone. Según los médicos, ya no hay nada más por hacer. Solo esperar que la muerte haga su trabajo, porque ya ellos han hecho todo lo posible para cumplir con el suyo.

Pero, a pesar de las circunstancias, el padre sigue creyendo que “donde hay vida hay esperanza” y la fe no es un recurso escaso por estos lados.


José es Servidor de María desde hace 5 años por devoción y promesa. Una promesa que hizo su madre cuando ingresó a la UCI del Hospital Central con una hemorragia digestiva. En ese momento, le juró a La Chinita que si salía bien de esa, sus dos hijos serían servidores.

Ese mismo año, luego de haberse recuperado por completo, sus hijos se juramentaron y se vistieron de blanco. Desde entonces, van todos los domingos a la misa de las 9.00 de la mañana en la Basílica, junto al resto de los servidores. Además, ha cargado sobre sus hombros el altar de la Virgen en las cuatro procesiones anuales y asiste al templo todos los 18 de cada mes.

El único 18 que ha faltado desde que se juramentó fue en aquel nefasto diciembre. Sin embargo, su mamá y su hermano fueron por él.

Pasaron más de 72 horas y José aún sigue en su cama. En la sala de espera, su familia, sus amigos y los servidores que han llegado a ser como sus hermanos, rezan juntos al unísono un rosario, actividad que desde hace días han convertido en un ritual diario.

Mientras, el padre Eleuterio y Russeth acompañan a José junto a su cama. Él le da su bendición, como ha hecho todos los días desde que el joven servidor llegó a este hospital. Ella le susurra al oído: “Abre los ojos, no me dejes sola”.

Ya José lleva más de 10 días entubado y su cuerpo roza los bordes de la cama de lo hinchado que está.

El padre Eleuterio y Russeth ven cómo las lágrimas surcan el rostro de José, que parece estar escuchándolos, empeñado en no dejarse vencer por la anestesia.

Ellos están seguros de que puede sentir su presencia. Que el hecho de que intente abrir los ojos, aunque ese minúsculo acto signifique un reto físico sobrehumano en su circunstancias, es una señal de lo mucho que él está dispuesto a hacer por seguir viviendo.


La última vez que José cargó a su Chinita fue durante la Procesión de la Aurora, el primer sábado de diciembre, tres días antes de ingresar al hospital. A las 12 de la noche, 63 servidores vestidos con su impoluto traje blanco marcharon con paso firme y altar al hombro, golpeando los zapatos contra el lustroso mármol del templo.

Algunos servidores se rompen los hombros con el peso de su fe. La sangre que mancha sus trajes es la muestra más tangible de su devoción. Durante 6 horas continuas, hombres de todas las edades recorren unos 3 kilómetros en la despedida de la Virgen, antes de subir por última vez al año a su altar.

A pesar del virus que invade su sistema, José se sentía bien. Solo tenía tos y al acostarse le costaba un poco respirar. Pero hacía falta mucho más que eso para alejarlo de la imagen que prometió cuidar, sin importar qué.


Justo cuando creían que lo peor ya había quedado atrás, volvió a pesar sobre José la sentencia que le vaticinaba solo 72 horas más. ¿Se puede rehuirle dos veces seguidas al preludio de la muerte? Hasta a los más esperanzados empiezan a invadirles las dudas. Pero la única que mantiene inquebrantable la convicción de que su hijo saldrá por sus propios pies de ese hospital es Russeth.

Cuando el padre Jesús Colina le preguntó a Russeth si le untaba a su hijo el óleo de los enfermos (aquel que se signa sobre un fiel con la esperanza de que ayude a sanarlo) o la extremaunción (el rito sagrado que prepara a los moribundos para el encuentro con Dios), la mujer respondió con firmeza: “Él no se va, padre”.

No hizo falta decir más.
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Russeth Sánchez, madre de José y fiel creyente de la Virgen de Chiquinquirá

José ya ha pasado demasiados días entubado. Los doctores confirman que es tiempo de practicarle una traqueotomía que le ayude a respirar. El pabellón ya está preparado, pero justo cuando está a punto de cruzar la puerta de aquella fría sala, al enfermo se le disparó la tensión.

—Ten fe y cree en mí —le dijo la doctora Xiomara Prieto a Russeth— que yo le voy a sacar el tubo.

Y como la más verídica de las profecías, su resolución se cumplió.

Unas horas más tarde, la doctora salió con una tímida sonrisa que no pudo dejar escapar de sus labios. Una sonrisa que a Russeth le eriza la piel con solo recordarla.

A partir de ahí, comenzó un camino en ascenso que no encontró ni un solo bache más. Se acabaron las sentencias, las caras compungidas de los médicos, no más malas noticias.

La réplica de aquella tablita que un día se le apareció a María Cárdenas a las orillas del lago continúa junto a la cama de José, ahora en una habitación ordinaria en el mismo hospital. Mira a los lados y ya no ve aquellos tubos que salían de varias partes de su cuerpo. Aún está débil, pero con vida. Con mucha más vida que hace solo una semana atrás.

El 12 de enero, a las 12 del mediodía, justo después de salir del hospital, él mismo, sobre una silla de ruedas, llevó a la Basílica la réplica que permaneció junto a su cama durante toda su convalecencia. Su mamá y sus primos caminaron junto a él con la mano sobre su hombro. Iba vestido con un jean y una franela porque su uniforme blanco ya no se ajustaba a aquel cuerpo débil y estrecho que la enfermedad había dejado a su paso.

—Aquí te tenemos de vuelta, José. Prepárate —le dijo el padre Eleuterio mientras apoyaba una mano en su cabeza y le daba la bendición.

Hoy, 17 de noviembre, el día antes en que la tablita divina se vuelve a reencontrar con todos sus fieles, José está preparado. “Epa, Lázaro”, lo llaman sus compañeros y él desprende su tímida sonrisa que contrasta con su robusto cuerpo que ya no siente el peso que lleva sobre los hombros. Allí estará, un 18 más, cumpliendo la promesa que en el filo de la muerte le hizo a su Virgen Chinita.

Fuente: noticiaaldia.com
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