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miércoles, 18 de noviembre de 2015

José Angel Chaparro: las arrugas de la Fe


Aparece arrastrando un poco los pies, apoyado en un bastón. Los 92 años parecen golpearle el cuerpo. Pero no han tocado ni un ápice de su mente. José Ángel Chaparro recuerda todo, y en ese flashback hay algo perenne: su devoción por La Chinita, esa fe que lo ha llevado a ser su servidor durante 73 años y que lo ha convertido en el más antiguo, en el más viejo, en el decano mayor.

Hace días una infección urinaria debilitó las fuerzas de José Ángel. Su familia lo trasladó de su casa en La Limpia a la de uno de sus hijos médicos en La Trinidad, para garantizar su óptima evolución. Con él llevaron una de las dos réplicas bendecidas que tiene de la Virgen de Chiquinquirá; la otra quedó en el lugar donde siempre está: al lado de su cama.

—Tan estiradito que nace uno y tan arrugado que muere —dice con voz ronca al mostrar sus manos callosas. De inmediato se disculpa por sonar así, y le achaca la culpa al virus que lo invade desde hace un par de semanas.

Esas manos tuvieron el privilegio de haber cargado la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá en muchas procesiones. De hecho, lo hicieron hasta 2010, aunque el año antepasado José Ángel le pidió permiso a la directiva de la Basílica para sostenerla, junto al resto de los servidores, una vez más. En esa oportunidad, fue sólo por unos metros, desde el lugar donde descansa hasta la entrada del templo.

—Ya no he podido cargarla más; me puse viejo —acepta resignado.

Sin embargo, a dos días de un nuevo 18 de noviembre, y pese al malestar, él está muy claro sobre lo que sucederá.

—He estado en todas las procesiones, voy así me tengan que llevar en carretilla —exclama con firmeza, sin dejar espacio a la duda.


En julio de 1942, mientras el mundo observaba con estupor las huellas de la desgracia que dejaba la Segunda Guerra Mundial, y Venezuela mantenía la neutralidad al mando de Isaías Medina Angarita, a quien cuatro meses atrás vincularon con el hundimiento del buque petrolero Monagas por el ataque de una flota submarina nazi en la Operación Neuland, José Ángel apenas empezaba a dejar el rastro de su fe en Maracaibo.

Ese mes, a sus 19 años, se convirtió en servidor de María. Poco después, el 18 de noviembre, presenció la coronación canónica de la Virgen, que tiempo atrás, el 16 de julio de 1917, había ordenado el Papa Benedicto XV gracias a las gestiones que lideró el padre Antonio María Soto Romero.

José Ángel recuerda que al acto acudieron Angarita y su gabinete, y sabe que, entre los asistentes de aquel histórico evento, es el único servidor que continúa de pie.

—A todos los demás (servidores) los he matado yo —comenta con cierta jocosidad típica del maracaibero tradicional. Y con el transcurrir de las décadas, también ha sepultado legendarios sitios como el leprecomio en la isla de Providencia, donde muy joven conoció el amor en los ojos de Resilda.

—Mi esposa era Resilda Elena Flores —suspira y sigue—. Tiene cinco años y cinco meses enterrada. Murió a los 84. Duré 58 años y cuatro meses con ella, quien también era devota de La Chinita.

José Ángel la había conocido en Providencia cuando ella tenía 7 años y él 9. En la isla, donde entraba y salía ciertos días de la semana, él tejía alpargatas para los hombres y mujeres condenados por la lepra. Ella acompañaba a un familiar durante las visitas.

Su historia no fue amor a primera vista, de hecho dejaron de hablar durante mucho tiempo, hasta que años más tarde se reencontraron tras el único divorcio de José Ángel.

—Yo era más feo que sueño de toro, pero se enamoró de mí —dice sonriendo—. Ella era catira, muy buena gente. No la enamoré, ella vino enamorada de mí. ¿Y dónde nos casamos? En la Basílica, por supuesto.

Por aquellos años, en la conquista, José Ángel, que también fue dueño de botiquines, solía llevarle serenatas a Resilda, pero sabía que aunque había cantado junto a Cheo García y Manolo Villalobos, quienes terminaron en la Billo’s Caracas Boys, él solo era “cantante de radio”.

Al final, la pareja tuvo cuatro hijos, tres varones y una hembra, pero ninguno se colocó el uniforme blanco.

—Mi mamá era devota. Mi hermano Jesús Fernández, quien falleció en 2013, también. Pero ninguno de mis hijos ha querido ser servidor, aunque el que es médico tenía ganas, pero yo no quise, porque sé que no iba a poder cumplir, entonces me iba a echar la burra pa’l monte —dice al advertir que todo el que se compromete con La Chinita debe honrar sus deberes.

Y de los nueve nietos que tiene, “solo uno fue servidor… ¡hasta que se metió a evangélico!”, suelta entre carcajadas.


Vuelve a recordar que faltan dos días para el 18 de noviembre, cuando se celebre a la Reina Morena.

Vuelve a recordar la anécdota del grito de “¡Milagro! ¡Milagro!” de María Cárdenas al hallar la tablita sagrada hace 306 años. Vuelve a recordar la historia de cómo los feligreses no pudieron levantar la imagen al ser llevada en procesión a la Catedral, y cómo se puso liviana al ser redirigida a la iglesia de San Juan de Dios, ahora Basílica.

José Ángel vuelve a recordar sus procesiones, aquellas donde los fieles salían a las calles cargando un vaso con una vela encendida adentro, mientras los viejitos del Saladillo tocaban gaitas. Esos caminos iluminados con velas marcaban el recorrido de la procesión. Él ya no quiere solo recordar eso, quiere vivirlo de nuevo, quiere que se recupere esa tradición.

Ahora confiesa que casi no reza, para qué hacerlo si tiene a La Chinita al lado, justifica al mirar la réplica. Tampoco va a misa todos los domingos, la edad le está cobrando la energía que un día le sobró, pero a veces se “escapa”, y ya su familia sabe que lo van a encontrar en la Basílica. “Soy católico, todas las vírgenes son iguales para mí, pero esta es mi preferida, no hay palabras para describirla”, añade.

—¿Milagros? —exclama— a mí me ha hecho muchos, por ejemplo, tenerme hasta esta edad. Y voy a seguir siendo servidor hasta que me entierren. Nunca me voy a salir.

—Pero va rumbo a los 100 años.

—¿100? Jaja, yo creo que no termino este año —suelta entre carcajadas.

—¿Qué se siente cargar a la Virgen?

—Eso no se siente. El que tiene fe no siente el peso. Y hasta que pongan el último bloque en mi ataúd seré devoto de La Chinita.

Quienes lo conocen saben que José Ángel no es sólo decano mayor de La Chinita; es un hombre de fe.

Fuente: noticiaaldia.com
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