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viernes, 4 de diciembre de 2015

Guaco representa un sonido generacional




Hay que partir de la gaita, de la cadencia zuliana, del repique percusivo de las tamboras, el furro y la charrasca. De ahí, viajar en el tiempo hacia 1972. Con “Esta gaita sí está en algo”, Los Guacos del Zulia abandonaron sus apellidos, y se quedaron solo con la marca que los llevaría por el mundo. Guaco pasó a experimentar, a armonizar de otra forma, a soltar —de a poco— el estilo tradicional.


En 1973, Bubu Guaco —un disco simultáneo a la producción gaitera de ese año— hizo comprender que la sonoridad de la banda iba por otros caminos, ansiaba buscar otros derroteros. “Ahí viene caminando el negrito / y las muchachas le dicen/ negro cara’e mono ven pa’ aca”, se oía en clave de calipso con salsa. Tendiendo un ‘puente’. Esa vía unía dos extremos: la gaita, la que no debía evolucionar, y la salsa, la música caribeña nacida en Nueva York.


Inicios. Conjunto Los guacos del Zulia. Conjunto estudiantil 1964.



Guaco: Cepillao.


Guaco. Castígala. (1998)


Déjate querer (2009).


De vuelta a tu corazón (2014)
                                                 
                                      

Guaco: Baja (2015)


José Castillo fue fundador de ese conjunto inicial. “Nos dimos cuenta que para subir a ese tope donde estaban Cardenales y Rincón Morales debíamos hacer algo diferente. Con la segunda tambora, imitamos el sonido del furro. Nos criticaron, pero fue lo primero creativo que hicimos”, recuerda.
La ventaja de la gaita es su autenticidad. Guaco lo comprendió, lo asimiló y marcó —no sin sumar resistencia y críticas— y luego trascendió.
“Es un planteamiento original”, dice Gustavo Aguado, líder de la agrupación. “En Venezuela hay grupos que, cómo no, son excelentes. Pero el que más se acerca a la originalidad es Guaco”, afirma, orgulloso.


El origen, explica Aguado, fue “caminar hacia el chimbangle y la gaita de tambora, ambas expresiones del sur del Lago (...) La mayoría de nuestras manifestaciones venezolanas son en ritmo musical de 6 x 8. Nosotros fuimos bajando, a 4x4, 4x2”, agrega.
La discografía de Guaco tiene varios “quiebres”. De ese disco de 1972 al de 1979, los ritmos latinos fueron explotados, fundidos a la percusión gaitera —que Guaco no ha abandonado—. Así, piezas como “La gaita tiene montuno” (1974) y “Una tumba y un bongó” (1978), en la voz de Argenis Carruyo, son dos ejemplos de esa aleación con la salsa.
No se quedaron a medio camino. En 1981 incorporaron una batería a la dotación musical. “Escuchábamos mucha charanga, mucho de lo que se había hecho y adaptábamos cosas”, explica Aguado. Luego, sumaron flauta y cuerdas, pero no como instrumentos principales, sino como parte de la armonía.


“Esto es una escuela”, dice Aguado. “Los más acérrimos críticos que tuvimos aprendieron a aceptar el mensaje de Guaco, con toda su gama de colores. No fue fácil, digamos que yo soy un gran inconforme y me toco canalizar una gran gama de inconformidades”, dice Gustavo.
Se refiere, claro, a los grandes nombres vinculados a la evolución musical de Guaco: Ricardo Portillo, Simón García, Ricardo Hernández, Rafael Greco, Fernando Valladares y “El Volcán de América”, Argenis Carruyo.


Documental realizado por el periodista Leomar Córdova que lleva por nombre Guaco: De gaita zuliana a género propio1958 - 2004

Fuente: panorama.com.ve
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