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sábado, 20 de febrero de 2016

"Chinco" Rodríguez: El repentista del Zulia


En medio de los negritos humildes y sinceros, que tienen negro el cuero lo mismo que San Benito, le dieron los dolores de parto a Ana Rodríguez, para alumbrar, en el corazón de Bobures, a quien sería el máximo repentista del Zulia.

José de la Chiquinquirá Rodríguez, “Chinco”, el Camello, por su corvadura, nació un 3 de junio de 1915. Un centenario atrás. Y partió con Dios el 13 de mayo de 1975, hace 40 ya.

Le bastaron 60 años para dejar huellas en un estado que aún se mantiene en deuda con su memoria. Ni siquiera es Patrimonio Musical estatal.

A “Chinco” se le debe el retrato de Maracaibo hecho poesía, con “Así es Maracaibo”, la cual compuso en un momentito, tarareándola en la ventana de la familia Silva Narváez, en Barrio Obrero, Cabimas, apoyado en acordes desafinados de Antonio “Matón” González, quien no tocaba cuatro, sino furro.


“Chinco” Rodríguez se montó en avión una sola vez en su vida. Rumbo a San Tomé.

A Chinco se le debe la autoría del poema “El Regionalista”; la expresión más fiel del orgullo de ser zuliano. Su autoría le puso sello a la protesta más irreverente que describe a Cabimas, “Gaita a Cabimas”, que la muestra como Cenicienta, y cuya letra desató la molestia del primer obispo que tuvo la ciudad, Constantino Maradei, cuando la cantó Barrio Obrero en su estreno como alto prelado.

Él legó al Zulia una lluvia de temas como “Afición Gaitera”, “Bobures”, “La Primitiva”, “Gaita al Periodista”, “El Reventón”, o “Maracaibo Cuatricentenaria”, la que compuso cuando le pidió “la cola” a Alberto Silva, para La Concepción. Le dijo en el trayecto: “Primo, Maracaibo está cumpliendo 400 años”. De regreso, en pleno Puente sobre el Lago, soltó en el carro la letra de la canción.

Chinco nació con un don que le fue dado del cielo: ser repentista. Su secreto: Pensar primero en el final y luego ponerle el principio, se lo confesó a su sobrino Wilfredo Rodríguez.

“Pa’ mi un queso rayao, y un par de bagres fritos, me abre más el apetito, que esos pollos congelaos”, decía al comer. Mucho se ha especulado que no sabía leer y escribir. Nada más lejos de la realidad. Pero es que ni siquiera, los historiadores de la gaita zuliana se han tomado la molestia de conocerlo a fondo en sus breves biografías compartidas. Chinco sí asistió a una “escuelita”, donde no pasó más allá del tercer grado.

“Paíto sí sabía leer y escribir. Cuando yo estudiaba bachillerato leía mis tareas y me explicaba. Corregía mis errores si escribía mal. Leía mucho una revista que se llamaba Selecciones, con contenidos de cultura y cosas del mundo”, contó su hija mayor, Herólida, que prefiere ser llamada Yoyita.

“Panida, ramplonadas, arrellanado, espetado”. Todas palabras usadas por él. Para quienes no se explicaban cómo un obrero, también mecánico y barredor de calles, tenía tanta verborrea, la respuesta estaba en la lectura. De hecho, la revista Selecciones tenía un aparte, “Enriquezca su vocabulario”, ideal para él.

Chinco, el tercero de ocho hermanos (Ana Luisa, Tubalcaín, Columba, Asnolda, María Esperanza, Clemente y Alirio), de los cuales ya no queda ninguno vivo, llegó a Cabimas de la mano de su mamá. De su papá poco se nombra, aunque se llamó Luis Ochoa, dice su sobrino Wilfredo.

Yoyita describe que Chinco no fue reconocido, no por abandono, sino porque para 1915 los hijos se reconocían tardíamente, y el papá murió en esa espera. Tras su muerte se mudaron a Cabimas en busca de bienestar. De ahí que, Chinco trabajó desde niño y aprendió el valor de mantener un hogar.

Reuniendo centavos logró ser dueño de una molienda en Cabimas. La que luego vendió para trabajar como mecánico en “Auto Cabimas”. Una vez aprendido el oficio renunció a ese empleo y laboró por cuenta propia, en su pequeño taller, “cujicero”.

Su integración a la historia de la gaita zuliana se dio de la mano de quien fue su mejor amigo y compadre, Bernardo Bracho. Cuando se conocieron, para 1960, Bernardo estaba encandilado por ser gaitero y dejar de ser obrero del área de producción de Lagoven. Y se encontró con Chinco, a quien le salían los versos como agua de manantial.


En esta foto familiar aparece cuando contrajo matrimonio con su Brunilda, a quien él llamaba “Amada”.

“Bernardo cantaba en cualquier lugar lo que Chinco componía. Alberto Silva vio a Bernardo y lo invitó a reuniones para que se integrara a Barrio Obrero, que apenas empezaba. Entonces él pidió permiso para llevar a Chinco también, porque era el autor de las letras. Cuando Silva vio esa dupla brillante, se integraron al conjunto de una vez”, contó “Matón” González.

Y empezaron las parrandas, las cervecitas (que tanto le gustaban), y los amaneceres, acompañado siempre de su compadre Bernardo. Para Andrea (esposa de Bernardo) las gaitas fueron una lidia, porque renunció al trabajo petrolero estable y pasaron necesidad. Para Brusnilda, llamada “Amada”, esposa de Chinco, desde que ella tenía 15 años y él 30, no fue problema, porque él disfrutaba el jolgorio gaitero sin descuidar el trabajo que sustentaba a sus hijos. En la necesidad más precaria Chinco socorría a Bernardo, aunque él también tenía carga dura: mantener a sus seis hijos.

En el sector El Amparo, al norte de Cabimas, vivió el compositor casi toda su vida. Los vecinos notaban que salía “rascaíto” de la Bodega “El Catire”, por la calle Igualdad, cuando manejaba la vieja camioneta roja, de Bernardo, a 10 Km/h, comiéndose el volante sostenido con las dos manos. “Abrime la puerta Andrea, que aquí te traigo a Bernardo, con una solemne pea”, decía.

Muchos se aprovechaban de su musa cuando estaba en esa condición. Le decían que compusiera algo, él lo hacía, y después grababan sin darle crédito. Su desprendimiento era tal que regaló su carro a un señor, sin trabajo, con muchos hijos sin comer. Fue la forma que encontró para ayudarlo si lo usaba en el tráfico.

El ingeniero Luis Valera, quien creció en esos lares, siendo luego su compadre, reflexiona sobre el legado de Chinco y deduce: “Él dejó las autorías más hermosas que describen al Zulia, y el estado no le ha dado la honra que merece. Nada lleva su nombre. Los gaiteros maracuchos fueron una cofradía excluyente con él, hasta el sol de hoy”.

El mismo sentimiento recoge su sobrino Wilfredo: “Hay corredores viales que tienen el nombre de muchos gaiteros. Menos el de Chinco. ¡Muy triste! Se dijo que el más reciente lo llevaría. Después resolvieron ponerle Maisanta”.

En vida, nada de eso le quitó el sueño. Él disfrutaba lo suyo, relajado. Los nervios sí le atacaron la única vez que se montó en un avión, para un toque en San Tomé, casi al final de su existencia.

“Estaba calladito. Al rato reventó la cuarteta: ‘Ya va a levantar el vuelo, el gran coloso de Avensa, sin embargo Chinco piensa, que es mejor ir por el suelo”, recuerdan en Barrio Obrero.

Luego de la presentación, sin probar bocado alguno por horas, soltó otra: “Cuando vuelva a San Tomé, me traigo un saco e’ comía, porque todavía es mediodía, y no me han dado café”, contó Alexis Delgado.

En las lides de mecánico conoció al dueño de una contratista que prestaba servicios de mantenimiento a Lagoven, Pedro Orozco. Y cuando el empresario ganó licitación para limpiar los campos petroleros en La Concepción (Campo Elías, Guaicaipuro, Paraíso, Oleary, y Niquitao) le hizo oferta a Chinco para mudarlo y contratarlo allá. Le ofreció casa en Campo Niquitao, y empleo manejando la motobarredora de calles. El compositor aceptó y emprendió mudanza a un nuevo terruño, con su familia a bordo de un Chevrolet azul y blanco que lo acompaño hasta el final. Allá vivió sus últimos 10 años.

Barriendo calles tamboreaba con los dedos y compuso un legado inédito, guardado con recelo por su esposa en una carpeta marrón. Este año Barrio Obrero grabó uno de esos temas: “¡Feliz Año!”, en honor a él.

Un dolor de estómago asomó su partida. Familiares nunca le dijeron que era un cáncer agresivo allí. Él lo sospechó y versó al respecto. Hasta el epitafio de su lápida lo escribió antes de morir. Tres meses duró Chinco desde el fatal diagnóstico. Sacó cuentas de su mejor legado, su familia, y les ofrendó: “Miren lo que me produjo // la vida en su espacio ancho // una familia y un rancho // dotado de un criollo lujo // que a Reverón pa’ un dibujo // le hubieran sido un modelo // niños durmiendo en el suelo // nuestro ajuar todo un harapo // nuestro alimento guarapo // pero como fondo el cielo”.


Estas palabras pidió que fueran colocadas en su epitafio. Los restos de Chinco se encuentran en el Cementerio Municipal Corazón de Jesús, de Maracaibo.

Fuente: panorama.com.ve
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